Historias El emprendimiento ecológico que se rearma tras perderlo todo

Víctor Velastino vivió en la calle tras quebrar con su primera empresa, pero logró reinventarse creando Aymapu, startup dedicada a productos con papel 100% reciclable, y que fue galardonada en dos ocasiones por un prestigioso premio internacional. Eso, hasta que su galpón de trabajo fue destruido durante los saqueos en Rancagua. Por segunda vez, Velastino intenta volver a pararse.

Sábado 7 de diciembre. Entre los diferentes stands instalados en la última versión del Festival Internacional de Innovación Social (FiiS), un pendón triple genera curiosidad entre quienes transitan por el parque Padre Hurtado. El tótem habla sobre Aymapu, empresa dedicada al diseño y fabricación de productos hechos con papel 100% reciclado; startup premiada en dos ocasiones con el premio Latinoamérica Verde por su aporte como uno de los 10 mejores proyectos socioambientales del continente en 2017 y 2019.

Al costado del tótem, Víctor Velastino (33), su creador, observa a quienes se detienen a leer sobre el proyecto. Él llegó al FiiS para exponer el camino que lo llevó a emprender en el rubro de la economía circular, llegando a facturar 25 toneladas de papel ecológico por mes y generando mejores condiciones laborales para quienes se dedican al reciclaje. Sin embargo, las cosas han cambiado dramáticamente desde que recibió la invitación hace meses atrás. 

La noche del 20 de octubre, durante la segunda jornada de protestas en Rancagua, un grupo saqueó un supermercado colindante al galpón de Aymapu, viéndose afectado tanto con el robo de material como con la destrucción de las herramientas, llegando a sufrir 30 millones de pesos en pérdidas.

Una situación que define como su segundo “desastre de Rancagua”, al hacer tambalear un proyecto que creó en “el peor momento” de su vida. Su historia parte a los 21 años, cuando Velastino montó su primer emprendimiento tras retirarse tempranamente de la universidad luego de saber que sería padre. Tuvo que congelar en segundo año de Ingeniería en automatización y robótica y, si bien no regresó a estudiar, reconoce que “los conocimientos siempre quedaron”.

En vista de seguir relacionado al mundo de la ingeniería, el nacido en la comuna de El Bosque instaló un servicio técnico de computadores de una multinacional en Rancagua, ciudad que eligió por un tema de costos y para mejorar su calidad de vida. El negocio le rindió frutos ya que, “los computadores eran re malos, entonces siempre tenía mucha pega porque siempre fallaban”.

Si algo reconoce de esa etapa es que la soberbia le jugó una mala pasada. “Cuando me vi con plata me transformé en el típico roto con plata, ese huevón pedante, pesado”. El sentimiento de superioridad que lo atrapó lo encontró desprevenido para cuando su empresa quebró. 

Tres años después de instalar su emprendimiento, “una persona extorsionó a la marca para que no me mandaran más pega. Fue una guerra comercial sucia”, detalla Velastino, quien de un día para otro se quedó “con lo puesto” y con la obligación de despedir a los 15 trabajadores del servicio técnico, vender su terreno en Lancahue y dejar la región de O’Higgins para instalarse en la casa de sus suegros, ubicada en la comuna de Independencia.

Los primeros seis meses tras la quiebra para Velastino fueron complejos, tanto por lo económico como por lo familiar. “Para mí era como estar en Vietnam, peleaba todos los días con mi señora porque la culpa era mía”, rememora. El duro golpe emocional lo llevó a transitar en una depresión que lo mantuvo dos meses sin salir de la cama. “Yo fui criado a la antigua donde el hombre es el proveedor, el que tiene que sacar la cara y verme sin nada me hacía llorar todo el día”, expresa. 

En un minuto los conflictos escalaron a tal punto que las presiones de sus suegros lo llevaron a abandonar la casa en Independencia. Como “muerto en vida”, Velastino caminó durante varias noches hasta encontrar a un grupo en situación de calle que lo recibió en las cercanías de Parque Bustamante.

“No te derrumbes, papá”

Frente a la experiencia de vivir en la calle durante más de dos meses, Velsatino admite que tiene lagunas mentales. Más que recuerdos, él aún conserva sensaciones de esos días: el frío en las piernas, el no poder dormir o las miradas de los guardias cuando le decían que tenía que irse de la Posta Central a las seis de la mañana tras pasar la noche en el lugar.

Otra remembranza que mantiene presente es el llanto de su hija. Mientras estaba afuera, solo en una oportunidad le permitieron hablar con ella. “Me dijo al teléfono ‘no te derrumbes, papá’. Fue lo único que me dijo”.  Velsatino se emociona, se da un respiro, y vuelve a hablar.

“Estaba en blanco, muy depresivo, por suerte no caí en las drogas o en el alcohol, que era la lógica que se podía dar”. El mismo cuenta que el factor que le ayudó a no sucumbir durante ese período fue el apoyo de “don Arturo”, un reciclador en las mismas condiciones que él, quien le regaló unos cartones para abrigarse del frío. De él conserva la motivación por cambiar su destino y la idea del reciclaje como factor de cambio. “Conversando con este viejito empecé a recapacitar que yo tenía todas las armas para salir adelante”. 

En una de esas charlas nocturnas, don Arturo se acercó con especial atención. “Me dijo ‘llora todo lo que tengaí que llorar’ y me dio un abrazo, el primero en varios meses en que solo escuché ch***** o que me había ido mal. El viejo me dio un abrazo y me sentí distinto”. Fue tras esa conversación que Víctor se comprometió a salir de su situación. “Hablé con el de arriba, ni nombre le puse, solo le pedí que me sacara de esta y le juré que iba a ser mejor persona, que iba a hacer cosas que impacten”. 

Días después de dicha petición, Ingrid Espinoza y Pablo Caneleo, en ese entonces conocidos suyos, lo encontraron por casualidad, enterándose de las razones que lo llevaron a vivir en la calle. Fueron ellos quienes lo invitaron a vivir a su casa, transformándolo en uno más de la familia.

“Hay cosas que uno no puede explicar”, describe Espinoza. “Yo tengo dos hijos y uno igual tiene que tener confianza en recibir a alguien. Yo lo ví y altiro me dieron ganas de ayudarlo, yo sabía que era un buen cabro, que estaba súper complicado, que la vida le había jugado muy duro. Por eso lo hice, me nació ayudarlo”, explica.

El lazo con la familia le permitió rearmarse, consiguiendo un empleo de medio tiempo como conductor de un camión repartidor de materiales de construcción. “Después le ayudamos a arrendar una pieza para que tuviera su espacio. Él nunca dejo de emprender, siempre estaba con las ganas de cumplir sus sueños, de hacer sus cosas. Cuando se fue a vivir a su pieza ahí empezó a armar su proyecto”, cuenta Espinoza. 

Para ese entonces, el frío en las piernas era solo un mal recuerdo para Velastino.

-Tras salir de la calle, ¿volviste a ver a don Arturo?

-Nunca. Es uno de los dolores que tengo porque nunca lo pude pillar. Nadie lo ha visto. De los recicladores en la plaza, nadie lo conoce. Creo que una vez lo vi a la pasada, frené, me devolví, pero no era él. Quizás que habrá sido de ese viejo. 

Premios Latinoamérica Verde

En 2016, tras recibir la ayuda de Ingrid y Pablo, Velastino comenzó a utilizar sus horarios libres para participar en charlas de innovación. Tras conocer sobre economía circular y recordando las clases de ingeniería, diseñó y fabricó la ingeniería de una papelera a baja escala, la cual ahorra en un 80% el uso de agua frente a un papel virgen. Bajo el nombre de Aymapu -más conocido como “Papel amigo de la tierra”- instaló un modelo para sustentar su proyecto en que los recicladores base le entregan el papel a reciclar y, en retribución, les pagan cuatro veces el precio mercado por kilo papel. “Para los viejos fue harto que les paguen 400 pesos por kilo, en otros lados le cambian los residuos por cajas de vino y nosotros empezamos a dignificar su labor”.

En un inicio, instaló Aymapu en una bodega en Santiago realizando solo resmas de papel reciclado, pero tras lograr una buena recepción de su trabajo se trasladó a Rancagua “para abaratar costos y de picado. Era volver donde todo partió”. 

Para 2017 y con solo una tonelada mensual en papel reciclado, Velastino postuló al premio Latinoamérica Verde, reconocimiento latinoamericano que según Roberto Manrique, reconocido actor ecuatoriano y embajador del galardón presente en el FiiS, “exhibe, conecta y premia los 500 mejores proyectos de todo el continente”. Cada año, cerca de cuatro mil organizaciones postulan, entre estas se hace un ranking para finalmente elegir a 30 emprendimientos que compiten en la gala final por los 10 premios que se entregan en distintas categorías sustentables. 

Aymapu pasó todas las etapas y, finalmente, Víctor fue llamado a la premiación a realizarse en la ciudad portuaria de Ecuador, Guayaquil. Pese al logro de ser finalista, él seguía atrapado pagando deudas y trabajando “de lunes a lunes”. “En la mañana repartía con el camión y pa’ la tarde buscaba licitaciones en Chile Compra hasta las dos de la mañana. Imagínate que contraté a mi primer trabajador pagándole con el sueldo que conseguía en el camión”, complementa.

Pese a los problemas, Aymapu destacó ante sus pares en la categoría “Desarrollo humano, inclusión social y reducción de la desigualdad”, sobresaliendo frente a otros proyectos sustentables apoyados por marcas multinacionales. Para cuando subió al escenario en Guayaquil al ritmo de “Tren al sur” de Los Prisioneros, recordó las palabras de su hija para su discurso: “En algún minuto de mi vida perdí absolutamente todo a excepción del amor de mi hija. Ella siempre me dijo cuatro palabras: ‘Papi, no te derrumbes’. Hija mía, desde este escenario te digo que no me derrumbé”. 

Lágrimas no faltaron. Aplausos tampoco. 

“Víctor tampoco tenía recursos para ir a la gala del premio. Lo apoyamos harto, le facilitamos varias cosas para que viajara, lo contuvimos emocionalmente porque estaba muy, muy nervioso”, recuerda Ingrid Espinoza, quien agrega que cuando Velastino ganó el premio “nos llamó llorando contado todo lo que había pasado”.

Dos años después, con 25 toneladas de papel ecológico producidas por mes y con una nueva línea de cuadernos llamada “Wenu Mapu”, el chileno fue condecorado con su segundo galardón. En esta ocasión, Manrique reconoce que Aymapu “ganó por la evolución de su proyecto y su aporte a la reducción de la desigualdad, lo que habla de alguien muy comprometido”. A la par del galpón, Velastino instaló un centro de acopio para los recolectores base, entregándoles camas y ducha con agua caliente. “25 personas pudieron pasar bien el invierno, no murieron de frío… Nunca los hemos obligado a que cambien su vida, acá si se hacen las cosas bien tendrán la posibilidad”, enfatiza.  

En la premiación realizada nuevamente en Ecuador en agosto pasado, el chileno aprovechó de enviar un mensaje a su yo del pasado: “Me gustaría decirle que ya no llore tanto… que va a conocer al amor de su vida, que su hija siempre va a estar con él y, sobre todo, gracias por ser tan valiente”. 

Con el negocio andando, Velastino solo pudo ahorrar marginalmente: “He tenido bastantes ahorros en fondos mutuos pero siempre a nombre de mis empresas, nunca a nombre personal”. Aunque admite que es “un error” que comete, dice que prefiere tener “todas las fichas puestas en Aymapu. Sé que va a generar ingresos que en mi vejez me van a servir”. 

Aymapu, eso sí, cambió diametralmente después del estallido. 

El desastre de Rancagua

19 de Octubre. Víctor Velastino se encontraba en Antofagasta siendo parte de diferentes las charlas realizadas en la antesala de la COP25, donde él y su equipo tendrían un rol especial. En el evento por el cambio climático, iba a participar en conversatorios y reuniones con importantes empresas europeas para exportar la franquicia. Incluso, tenía la misión de fabricar 25 mil acreditaciones con papel germinable. Todo eso se perdió. Junto con la posterior cancelación del encuentro internacional en Chile, el emprendedor tuvo que enfrentar la noticia de que el galpón donde trabajaba en Rancagua fue destruido por saqueadores. 

“Eran 200 metros cuadrados donde estaba todo. Teníamos unos fardos de papel afuera y eso agarró fuego. Las mismas chispas del supermercado llegaron ahí y se quemó el galpón”. Para cuando Velastino llegó al lugar, un día después del siniestro, una tanqueta militar intentaba controlar la situación, mientras cientos de saqueadores saltaban la pandereta hacia Aymapu, tratando de buscar algo que robar y esconderse ante las fuerzas militares. Velastino intentó defender su proyecto, recibiendo una puñalada en el hombro derecho. “Si los militares no me dicen que estoy sangrando, yo no me doy cuenta. Ellos me llevaron al hospital”, recuerda. El impacto del incendio fue tal que Velastino no se acordó de tomar fotos de lo sucedido. 

“Fue fuerte, fue muy fuerte ver cómo se quemaba todo y a los pocos días ver como nuevamente seguían saqueando el supermercado hasta dos semanas después, buscando productos entre las cenizas”. Para poder rearmar el proyecto, retiró las máquinas, entregó el galpón, del cual no quedó ni un recuerdo de su instalación, y se trasladó hasta Graneros, un pequeño pueblo a 16 kilómetros de Rancagua. 

Aymapu perdió cerca de 15 millones en contratos y otros 15 en maquinarias, obligando a Velastino a despedir a un turno completo para reducir los costos. Incluso, la crisis lo llevó a cerrar el centro nocturno momentáneamente tras perder las instalaciones durante los saqueos. “Estamos al borde”, describe.

“Sufrí un bajón, pero hice un par de llamadas para volver a la pega. Como le digo a mi gente, hay que andar tranquilo pero nervioso”. Frente la destrucción del galpón, Ingrid Espinoza  sabe que “no es la primera vez que cae, él tiene que seguir. Echarse a morir no le va a ayudar en nada”. Por su parte, Roberto Manrique destaca que Velastino “es el único bicampeón de Chile” en los premios Latinoamérica Verde y que frente a su situación, “él ya tiene una impresionante historia con un proyecto personal que levantará. La gente que desarrolla proyectos ambientales suelen tener una historia muy inspiradora”. 

El problema económico paralizó también la expansión de la startup a mercados internacionales y sus nuevos productos con papel ecológico. Antes de las movilizaciones, Velastino trabajaba en una maquinaría dedicada a armar placas de tetrapack en papel reciclaje. Además, la empresa tenía planes de instalar galpones en Iquique y Guayaquil. Si bien el emprendedor reconocer sobrellevar el golpe anímico de revivir un nuevo “desastre de Rancagua”, sabe que esta ocasión está más preparado que antes: “Ahora tengo mucho más de lo que tenía cuando comencé. Más conocimiento, más nexo”. 

El creador de Aymapu reconoce que su startup tiene origen en las desigualdades sociales: “Creo que no se puede dejar de decir algo de la crisis y creo que las demandas sociales son súper válidas, yo las ví hace cinco años atrás cuando quebré y me di cuenta de esa realidad. Yo quise protestar en su momento creando Aymapu. Mi proyecto nace desde la rabia, desde la frustración y nace de la necesidad de cambiar el entorno. Simplemente tomé las riendas y logré cambiarle la vida a los recicladores base. Se puede”.

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