Historias La oficinista que se divorció de su trabajo gracias a Instagram y un plato pintado

“Elegí ser freelance. Trabajar en una empresa no es negativo, te deja muchas buenas experiencias y aprendizaje, pero cuando sales de ahí y te mueves sabiendo a ciencia cierta que todo lo que haces es por ti y no por cumplir los sueños de otro, te sientes mucho más feliz”, dice Camila Vargas, la artista que se divorció de la contabilidad para ser totalmente freelance.

Existen diferentes tipos de regalo, pero ni uno se compara con uno hecho a mano, personalizado, pensado en quien lo recibirá. Bien sabe esto Camila Vargas, una mujer de 27 años que nació con su emprendimiento bajo el brazo, pero nunca lo ejerció, hasta ahora. 

“Desde chiquitita siempre he pintado. Me gustaban las artes, la música, el dibujo y siempre estaba con lápices de colores, un block o un cuaderno”, recuerda mostrando, al mismo tiempo, una pequeña pincelada de lo que hoy se ha convertido en su escritorio lleno de colores.

La faceta artística de Vargas no fue más que un hobby oculto hasta mediados de 2019. Su educación media la completó en un colegio comercial y, posteriormente, sacó un título como técnico en administración de empresas que la tuvo trabajando cinco años y medio para una compañía donde pretendía hacer carrera. De pronto, sintió “el bichito”.

Decidió capacitarse, tomó sus ahorros y comenzó a comprar los insumos para hacer las manualidades: “Loza, pintura, pinceles, etcétera. Me traje al departamento que arriendo todo lo que necesitaba y lo primero que pinté, fue un plato”.

Cuando lo terminó, le envió un mensaje de WhatsApp a su pololo para mostrarle lo que había hecho. Él estaba con un cliente, en el lugar donde trabaja, se lo mostró y éste dijo cinco palabras que cambiaron el destino de Vargas: “Yo lo quiero, cuánto vale”. 

“¡Quedé en shock! No me esperaba que pasara esto, no sabía ni siquiera qué precio poner, nunca me imaginé que alguien pudiese querer comprar algo que es tan mío porque nunca fue mi intención venderlo”, expresa la artista. Desde ese día comenzó a publicitar sus creaciones no sólo como hobby, sino como un producto. 

Los primeros pedidos eran para sus amigos y familia, pero un día de julio un hombre con el cual nunca había tenido contacto se comunicó con ella: “Él me pidió que hiciera un retrato de su madre, me dijo ‘mi mamá falleció’ y yo me propuse hacer lo mejor posible porque me tocó la fibra, me tocó el corazón. Ahí sentí la magia y creí que lo que puedo hacer, además, es útil. Acepté, recién en este punto de la historia, que puedo dedicarme a esto y darle un significado diferente, un algo más que sólo pintar un dibujo o una frase. Algo con sentido”.

La entrega de ese pedido fue en una estación de Metro, en la Línea 1. Cuando se juntaron, él le dio el visto bueno a Vargas con un sincero abrazo: “Se puso a llorar, me dijo ‘estoy viendo a mi madre acá’ y ahí me quebré con él. Fue muy gratificante, sentí una felicidad pura y dije, ‘ya, voy a darle para adelante con esto’”. 

El divorcio con la oficina

Con miedo, con incertidumbre y un desequilibrio propio de intentar emprender, Vargas tomó todo el dinero que había juntado trabajando en la empresa y cambió la estabilidad de un sueldo fijo por su pasión. “Cuando te animas a tener tu negocio, tú eres desde el gerente hasta quien hace el aseo, lo bueno y lo malo es sólo tu responsabilidad y eso es un peso muy grande”, comenta.

Cuando le llegaban los pedidos se dejó orientar por su pareja y su hermana, que la ayudaron con el manejo de las redes sociales graficando su proceso creativo. Ellos le dan ideas para publicitarse de manera más atractiva y la orientan con hacer que una foto sea a la vez algo más cercano para su público. Asume que las redes sociales son el motor para llegar a sus potenciales clientes, por eso utiliza activamente la cuenta de su emprendimiento en Instagram (@xuxukevat).

El valor final de sus artículos considera el costo de los insumos, el nivel de dificultad y las horas de trabajo que invierte en cada pedido. Vargas pinta distintos objetos personalizados, además de los platos, como tazones, porta bolsas de té, mantequilleros, ceniceros y otros objetos que van desde los $5.000.

“El precio de mis productos no es bajo, para no desestabilizar a la competencia y tampoco muy alto porque no tendría sentido”, argumenta agregando que la organización es clave ya que, como no recibe un sueldo fijo un día específico del mes, el dinero le llega a medida que concreta las entregas.

Entre las ventajas de ser freelance, detalla, el horario laboral es lo mejor: “Como a las 08:30 comienzo a pintar y me desocupo entre las 15:00 o 16:00 horas”. En navidad, sin embargo, hubo días en que incluso trabajó hasta la madrugada. “Fue cosa de la temporada”. 

Por el momento, Vargas no tiene intenciones de volver a una oficina. Sus pinceles son todo lo que necesita, con eso paga el arriendo de su departamento en Estación Central, compra los insumos y además ahorra $70.000 mensuales, en un pozo que, a sus 27 años, aún no tiene certezas dónde utilizar: si para hacer crecer su negocio, poner un pie para un departamento, o invertirlo en algún fondo. La certeza de Vargas es que es importante ir ahorrando para enfrentar cualquier emergencia. 

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